Ana Karenina
Ana Karenina Ana quiso hablarle, pero la voz se le ahogó en la garganta. Y, mirando al viejo con aire culpable, subió la escalera con pasos leves y rápidos.
Kapitonich, inclinándose hacia delante y tropezando con los chanclos en los escalones, la seguÃa corriendo, tratando de alcanzarla.
–Está allà el preceptor. Quizá no se haya vestido. Iré a anunciarla.
Ana seguÃa subiendo la escalera tan conocida sin entender lo que le decÃa el anciano.
–AquÃ, a la izquierda, haga el favor. Perdone que no esté limpio aún… El señorito duerme ahora en el cuarto del diván –murmuró el portero, esforzándose en recobrar la respiración–. Perdone, Excelencia, pero conviene esperar un poco. Iré a mirar..
Y, adelantándose a Ana, abrió a medias una alta puerta y desapareció tras ella.
Ana esperó.
El portero salió de nuevo.
–El señorito acaba de despertar ––dijo.
En el mismo momento en que el anciano portero pronunciaba estas palabras, Ana oyó un bostezo infantil. En aquel sonido reconoció a su hijo y le pareció ya verle ante ella.
–¡Déjeme! ¡Déjeme, y váyase! –pronunció Ana, cruzando la alta puerta.