Ana Karenina
Ana Karenina A la derecha de la entrada habÃa una cama y en ella estaba sentado el niño que, vestido sólo con una camisita, terminaba de desperezarse, inclinando el cuerpo.
En el momento en que sus labios se juntaron de nuevo, se dibujó en ellos una sonrisa feliz, y con aquella sonrisa el niño se dejó caer otra vez en el lecho, vencido por un suave sueño.
–¡Sergio! –llamó Ana, acercándose con paso cauteloso.
Durante su separación, y más aún en aquellos dÃas en que la inundaba tan viva ternura por su hijo, Ana le imaginaba como un niño de cuatro años, ya que fue a aquella edad cuando más le habÃa querido. Pero ahora no, estaba tal como le dejó.
Su aspecto diferÃa mucho del de un niño de cuatro años; habÃa crecido y adelgazado. ¡Oh, qué delgado tenÃa el rostro, qué cortos los cabellos y qué largos los brazos! ¡Cuán diferente era de cuando ella le habÃa dejado!
Pero era él, con su misma forma de cabeza, con sus labios, con su suave cuello y sus anchos hombros.
–¡Sergio! –repitió al oÃdo mismo del niño.
Sergio se incorporó sobre un codo, movió la cabeza a ambos lados como buscando algo y abrió los ojos.