Ana Karenina
Ana Karenina Por algunos segundos miró silencioso a interrogativo a su madre, inmóvil ante él.
De pronto, rió lleno de dicha y, cerrando de nuevo sus ojos cargados de sueño, se dejó caer otra vez, pero no hacia atrás, sino en los brazos de su madre.
–¡Sergio, querido niño mío! –exclamó Ana, sofocada, abrazando el amado cuerpecito.
–¡Mamá! –contestó el niño, moviéndose en todas direcciones para que su cuerpo rozara por todas partes los brazos de su madre.
Sonriendo medio dormido, siempre con los ojos cerrados, y apoyándose con sus manos gordezuelas en la cabecera de la cama, se asió a los hombros de su madre y se dejó caer sobre su regazo, exhalando ese agradable olor que sólo tienen los niños en el lecho. En seguida empezó a frotarse el rostro contra el cuello y los hombros de su madre.
–Ya sabía –dijo, abriendo los ojos–, que habías de venir. Hoy es el día de mi cumpleaños… Me he despertado ahora mismo y voy a levantarme…
Y, mientras hablaba, se quedó de nuevo dormido.
Ana le miraba con afán, viendo cuánto había crecido y cambiado en su ausencia. Reconocía y desconocía a la vez sus piernas desnudas, ahora tan largas, sus mejillas enflaquecidas, los cortos rizos de su nuca, que tantas veces había besado.