Ana Karenina

Ana Karenina

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Estrechaba todo aquello contra su corazón y no podía hablar, ahogada por las lágrimas.

–¿Por qué lloras, mamá? –preguntó el niño, despertando por completo, ¿Por qué lloras, mamá? –gritó con voz quejumbrosa.

–No lloraré más. Lloro de alegría. ¡Hace tanto que no te he visto! No, no lloraré más, no lloraré… –dijo, devorando sus lágrimas y volviendo la cabeza–. Ea, ya es hora de vestirte –añadió, recobrando algo de su serenidad, después de un silencio.

Y, sin soltar sus manos, se sentó al lado de la cama en una silla, sobre la que estaba la ropa del pequeño.

–¿Cómo te vistes sin mí? ¿Cómo â€¦ ? –dijo, tratando de expresarse con voz natural y alegre.

Pero no pudo terminar y volvió una vez más la cara.

–No me lavo ya con agua fría; papá no me deja. ¿Has visto a Basilio Lukich? Vendrá ahora… ¡Ah, te has sentado sobre mi vestido!

Sergio rió a carcajadas. Ana le miró, sonriendo.

–¡Mamá, querida mamá! –gritó el chiquillo, lanzándose de nuevo a ella y abrazándola.

Parecía que sólo ahora, al ver su sonrisa, comprendió lo que pasaba.


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