Ana Karenina

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Capítulo 30

 

Entre tanto, Basilio Lukich que, al principio no había comprendido quién era aquella señora, suponiendo por la conversación que aquella era la esposa que había abandonado a su marido, y a la que no conocía, por no estar ya en la casa cuando él llegara allí, dudaba si debía entrar o no y si procedía avisar a Karenin.

Pensando, al fin, que su deber era despertar diariamente a Sergio a una hora fija y que para hacerlo no debía preocuparse de quien estuviese allí, fuera su madre o cualquier otra persona, ya que a él sólo le incumbía cumplir su obligación, Basilio Lukich vistióse, se acercó a la puerta y la abrió.

Pero las caricias de madre a hijo, el tono de su voz y lo que se decían, le forzó a cambiar de decisión. Movió la cabeza y cerró la puerta, con un suspiro.

«Esperaré diez minutos más», se dijo, tosiendo y secándose las lágrimas.

Entre los criados, mientras tanto, reinaba gran agitación Todos sabían que había llegado la señora, que Kapitonich la había dejado entrar, que ahora estaba en el cuarto del niño, y que el señor entraba a verle todos los días a cosa de las nueve…


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