Ana Karenina
Ana Karenina
Entre tanto, Basilio Lukich que, al principio no habÃa comprendido quién era aquella señora, suponiendo por la conversación que aquella era la esposa que habÃa abandonado a su marido, y a la que no conocÃa, por no estar ya en la casa cuando él llegara allÃ, dudaba si debÃa entrar o no y si procedÃa avisar a Karenin.
Pensando, al fin, que su deber era despertar diariamente a Sergio a una hora fija y que para hacerlo no debÃa preocuparse de quien estuviese allÃ, fuera su madre o cualquier otra persona, ya que a él sólo le incumbÃa cumplir su obligación, Basilio Lukich vistióse, se acercó a la puerta y la abrió.
Pero las caricias de madre a hijo, el tono de su voz y lo que se decÃan, le forzó a cambiar de decisión. Movió la cabeza y cerró la puerta, con un suspiro.
«Esperaré diez minutos más», se dijo, tosiendo y secándose las lágrimas.
Entre los criados, mientras tanto, reinaba gran agitación Todos sabÃan que habÃa llegado la señora, que Kapitonich la habÃa dejado entrar, que ahora estaba en el cuarto del niño, y que el señor entraba a verle todos los dÃas a cosa de las nueve…