Ana Karenina

Ana Karenina

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Todos comprendían que el encuentro de los esposos era una cosa imposible, y que debían hacer cuanto estuviese en sus manos para impedirlo.

Korney, el ayuda de cámara, bajó a la portería para saber quién había dejado pasar a Ana, y al saber que era Kapitonich dirigió al viejo una severa represión.

El portero callaba obstinadamente, pero cuando Korney dijo que merecía que le despidiesen, Kapitonich se acercó al criado y, agitando las manos ante su rostro, le dijo:

–¿Acaso tú no la habrías dejado entrar? He servido diez años aquí y sólo he visto en ella bondad. ¡Me habría gustado verte a ti decirle que hiciera el favor de marcharse! ¡Claro, que tú sabes nadar en todas las aguas! Más valdría que pensaras en lo que robas al señor y en los abrigos de castor que le quitas…

–¡Soldado! ––exclamó Korney con desprecio, y se volvió hacia el aya, que entraba en aquel instante.

–¿Sabe María Efinovna que la ha dejado entrar sin decir nada a nadie? Y Alexey Alejandrovich va a salir ahora mismo e irá al cuarto del chico…

–¡Qué cosas, qué cosas! –exclamaba el aya–. Podía usted entretener un rato al señor, Korney Vasilievich, mientras yo subo corriendo para hacerla salir.. ¡Qué cosas, Dios mío, qué cosas!


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