Ana Karenina
Ana Karenina Cuando el aya penetró en el cuarto de Sergio, éste contaba a su madre que él y Nadeñka se habían caído en la montaña rusa y dieron tres volteretas.
Ana escuchaba el sonido de su voz, veía su rostro y el juego de su expresión, sentía su mano, pero no entendía lo que le hablaba.
Tenía que marchar y dejarle. No pensaba ni comprendía otra cosa. Oía los pasos de Basilio Lukich, que se acercaba a la puerta tosiendo, oía los del aya, que llegaba ya, pero continuaba sentada, como convertida en piedra, sin fuerzas para hablar ni para levantarse.
–¡Oh, mi señora! –dijo el aya, acercándose, y besando sus manos y hombros–. ¡Qué alegría ha dado Dios a nuestro niño el día de su cumpleaños! No ha cambiado usted nada, nada…
–No sabía que usted vivía ahora en casa, aya querida –dijo Ana, serenándose por un momento.
–No vivo aquí, vivo con mi hija. He venido para felicitar a Sergio, mi querida señora Ana Arkadievna.
De pronto, rompió a llorar y volvió a besar las manos de Ana.
Sergio, con ojos y sonrisa radiantes, asiéndose con una mano a su madre y con la otra al aya, pisoteaba el tapiz con sus piernas llenas y descalzas. El efecto conmovedor con que su querida aya trataba a su madre, le colmaba de júbilo.