Ana Karenina

Ana Karenina

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–Mamá: el aya viene mucho a verme y cuando viene… –empezó a contar el niño. Pero se detuvo al observar que el aya hablaba en voz baja a Ana, en cuyo rostro se dibujó el terror y algo parecido a la vergüenza, lo cual le sentaba muy mal.

Se inclinó hacia su hijo.

–Queridito mío… –murmuro.

No dijo «adiós», pero el niño lo leyó en la expresión de su rostro,

–¡Oh querido, queridísimo Kutik! ––continuó Ana, dando al niño el nombre con que le llamaba de pequeño–. ¿No me olvidarás? Tú…

No pudo hablar más.

¡Cuántas palabras pensó después que podía haberle dicho en este momento! Pero ahora no sabía ni podía decirle nada.

Y, sin embargo, Sergio comprendió cuanto ella hubiera querido decirle. Comprendió que era desgraciada y que le quería, y hasta comprendió que el aya decía en voz baja a su madre:

–Siempre viene hacia las nueve…

Y adivinó que hablaban de su padre y que ella y él no debían verse.

Todo esto lo comprendía, mas no comprendía el motivo, ni por qué se dibujaba el terror en el semblante de su madre. Sin duds ella no era culpable de nada, pero temía a su marido y se avergonzaba de algo.


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