Ana Karenina
Ana Karenina HabrÃa deseado hacer una pregunta que le aclarase aquellas dudas, pero no se atrevÃa a hacerla porque veÃa que su madre sufrÃa, y sentÃa piedad de ella. Apretándose contra su cuerpo, murmuró en voz baja.
–No te vayas todavÃa. El tardará algo en venir..
La madre le apartó un poco para ver si el niño se daba cuenta de lo que decÃa, y en su rostro asustado leyó que el niño no sólo hablaba de su padre, sino que hasta parecÃa preguntar qué debÃa pensar de él.
–Sergio, querido hijito, ama mucho a tu padre. Es mejor y más bueno que yo. Yo me he portado mal con él. Cuando seas mayor lo comprenderás.
–¡No hay nadie más bueno que tú! –gritó el niño con desesperación a través de sus lágrimas.
Y cogiéndola por los hombros, la apretó con toda su fuerza con sus brazos temblorosos y tensos.
–¡Mi pequeño, mi querido Sergio! –dijo Ana.
Y se puso a llorar débilmente, como un niño, como lloraba él.
En aquel instante se abrió la puerta y apareció Basilio Lukich.
Próximos a otra puerta sonaron pasos. El aya dijo en voz baja: