Ana Karenina

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«Ya veremos», se dijo, mientras se ponía la bata gris con forro de seda azul celeste y se anudaba el cordón a la cintura. Luego aspiró el aire a pleno pulmón, llenando su amplio pecho, y, con el habitual paso decidido de sus piernas ligeramente torcidas sobre las que tan hábilmente se movía su corpulenta figura, se acercó a la ventana, descorrió los visillos y tocó el timbre.

El viejo Mateo, su ayuda de cámara y casi su amigo, apareció inmediatamente llevándole el traje, los zapatos y un telegrama.

Detrás de Mateo entró el barbero, con los útiles de afeitar.

–¿Han traído unos papeles de la oficina? –preguntó el Príncipe, tomando el telegrama y sentándose ante el espejo.

–Están sobre la mesa –contestó Mateo, mirando con aire inquisitivo y lleno de simpatía a su señor.

Y, tras un breve silencio, añadió, con astuta sonrisa:

–Han venido de parte del dueño de la cochera…


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