Ana Karenina
Ana Karenina –No te acerques tanto al hornillo –insistió su madre.
À propos de Vareñka –dijo Kitty, hablando en francés, como hacÃan siempre cuando querÃan que Agafia Mijailovna no les entendiese–, no sé por qué me parece, mamá, que hoy va a decidirse algo. Ya sabe usted a lo que me refiero. ¡Cuánto me alegrarÃa!
–¡Vaya casamentera –dijo Dolly–, ¡Y con cuánta habilidad y prudencia arregla sus entrevistas!
–DÃgame lo que opina, mamá.
–¿Qué voy a opinar? Él –por «él» sobreentendÃan siempre a Sergio Ivanovich– puede aspirar al mejor partido de Rusia. Aunque ya no es muy joven, todavÃa muchas le aceptarÃan con gusto. Vareñka es muy buena, pero él podÃa…
–Creo que es imposible imaginar una mejor que ella. Primero, porque es encantadora… –empezó Kitty, doblando un dedo.
–Desde luego a él le gusta mucho. Eso es verdad –confirmó Dolly.
–Además él goza en el gran mundo de una situación que le permite casarse con quien quiera, dejando de lado consideraciones de fortuna y de posición. Sólo necesita una cosa: una esposa buena, simpática, tranquila…
–Desde luego, con ella puede uno vivir muy tranquilo –afirmó Dolly.