Ana Karenina
Ana Karenina –En tercer lugar, ella le amará. No hay que olvidar esto. Asà que todo irá bien. Espero que cuando vuelvan del bosque esté todo arreglado. Lo veré en seguida en sus ojos. ¡Cuánto me alegraré! ¿Qué piensas tú, Dolly?
–No te excites tanto; no te conviene –dijo su madre.
–No me excito, mamá. Me parece que él se declarará hoy.
–¡Es tan extraño el momento que suelen elegir los hombres para declararse! Siempre se atienen a un lÃmite, que luego rompen de pronto ––dijo Dolly, pensativa, sonriendo al recordar sus relaciones con Esteban Arkadievich.
–¿Cómo se te declaró a ti papá? –preguntó de repente Kitty a su madre.
–No hubo nada de extraordinario. Fue la cosa más natural del mundo ––contestó la Princesa.
Pero su rostro se iluminaba al recordarlo.
–Bien, pero ¿cómo? ¿Le querÃa usted antes de que le dejaran hablar con él?
Kitty experimentaba un placer especial pudiendo hablar con su madre de igual a igual de estas cosas esenciales en la vida de una mujer.
–Claro que él me querÃa. Iba a vernos al pueblo donde tenÃamos la propiedad…
–Pero, ¿cómo se decidió la cosa, mamá?