Ana Karenina
Ana Karenina –¡No sé en qué puede inquietarle tu pasado! –––exclamo la Princesa, pronta a la susceptibilidad, apenas su vigilancia maternal parecÃa ser puesta en duda–. ¿Que Vronsky te hacÃa la corte? Eso les pasa a todas las jóvenes.
–No es eso a lo que nos referÃamos –repuso Kitty ruborizándose.
–Espera –continuó su madre–. Tú misma no quisiste dejarme hablar con Vronsky. ¿Te acuerdas?
–¡Oh, mamá! –dijo Kitty con apenada expresión.
–¿Quién puede deteneros en estos tiempos?… Vuestras relaciones no podÃan pasar de ciertos lÃmites. En caso contrario, yo misma le habrÃa detenido. Por otra parte, no debes excitarse… Haz el favor de recordar con calma y tranquilidad cómo pasaron las cosas…
–Estoy del todo tranquila, mamá.
Dolly sugirió:
–¡Qué conveniente fue para Kitty que Ana llegara entonces! ¡Y qué lamentable para Ana! Precisamente pasó lo contrario de lo que parecÃa –añadió, sorprendida de su pensamiento–. ¡Qué feliz se consideraba Ana entonces y qué desgraciada Kitty! Y todo ha resultado al revés… Yo pienso mucho en Ana.