Ana Karenina
Ana Karenina –No se lo merece. Es una mujer perversa, odiosa, sin corazón –dijo la madre, incapaz de olvidar que Kitty, por culpa de ella, se habÃa casado con Levin y no con Vronsky.
–¿A qué hablar de todo eso? –repuso Kitty enojada–. Yo no pienso en ello, ni quiero pensar. No, no quiero pensar –repitió.
Y prestó oÃdo a los pasos, tan conocidos, de su esposo, que subÃa la escalera.
–¿De qué hablaban y a qué viene ese «no quiero pensar»? –preguntó Levin entrando en la terraza.
Pero nadie contestó y él no insistió en la pregunta.
–Siento haber perturbado este reino femenino –dijo Levin, mirándolas a todas involuntariamente y comprendiendo que hablaban de algo de lo que no habrÃan hablado en su presencia.
Por un momento pareció compartir los sentimientos de Agafia Mijailovna, su descontento porque no hiciesen la confitura con agua, y de un modo general por la influencia de los Scherbazky.
No obstante, sonrió y se acercó a su mujer.
–¿Qué tal? –preguntó, mirándola con la misma expresión con que actualmente la miraban todos.
–Estoy muy bien –contestó Kitty, sonriendo–. ¿Y tú?