Ana Karenina

Ana Karenina

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–Los furgones que han llegado cargan tres veces más que los carros. ¿Vamos a buscar a los niños? He ordenado que enganchen.

–¿Cómo quieres que Kitty vaya en la tartana? –dijo la madre con reproche.

–Iremos al paso, Princesa.

Levin nunca trataba a su suegra de mamá, como todos los yernos, lo que desagradaba a la Princesa. Pero él, aunque la quería y respetaba como ninguno, no podía decidirse a hacerlo, porque con ello le habría parecido profanar el recuerdo de su madre difunta.

–Venga con nosotros, mamá –dijo Kitty.

–No quiero ser testigo de esas imprudencias.

–Pues iré a pie. Me sentará bien –y Kitty, levantándose, se acercó a su esposo y tomó su brazo.

–Te sentará bien, pero todo tiene sus límites.

–¿Ya está hecha la confitura? –preguntó Levin, sonriendo, a Agafia Mijailovna y queriendo ponerla de buen humor–. ¿Resulta bien por el nuevo método?

–Parece que sí. Para nosotros, está demasiado hervida.


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