Ana Karenina
Ana Karenina –Asà resulta mejor, Agafia Mijailovna, porque no se pondrá agria. Si no, como no tenemos hielo, no habrÃa donde guardarla –dijo Kitty, comprendiendo en seguida el intento de su marido y procurando también calmar a la vieja–. En cambio, sus conservas saladas son tan buenas que mamá dice que no las ha comido iguales en ninguna parte.
Y, sonriendo, arregló la pañoleta de la anciana.
Agafia Mijailovna miró a Kitty con cierto enfado.
–No trate de consolarme, señorita. Me basta verla a usted con él para sentirme contenta.
Aquella brusca expresión: «con él», conmovió a Kitty.
–Venga a buscar setas con nosotros y nos enseñará dónde las hay.
Agafia Mijailovna sonrió y movió la cabeza como diciendo: «Quisiera enfadarme con usted, pero es imposible» .
–Haga el favor de hacer lo que voy a aconsejarle –dijo la Princesa–. Encima de cada pote ponga un papel empapado en ron. AsÃ, aunque le falte hielo, nunca se echará a perder la confitura.