Ana Karenina
Ana Karenina –Las marismas empiezan ante nosotros, aquà mismo, ¿ven?, donde se ve ese verdor, y se extienden hacia la derecha, allà donde están los caballos. AllÃ, en aquellos montÃculos de tierra, hay fúlicas, y también en torno al islote, junto a aquellos álamos, y hasta en las cercanÃas del molino, ¿ven?, allà donde forma como una pequeña ensenada… Ese sitio es el mejor. Allà cacé una vez diecisiete fúlicas. Nos encontraremos junto al molino.
–¿Quién sigue la derecha y quién la izquierda? –preguntó Oblonsky–. Puesto que el lado derecho es más ancho, id los dos por él y yo seguiré el izquierdo –dijo con tono indiferente en apariencia.
–¡Muy bien! Vayamos por aquà y cazaremos a gusto. ¡Vamos, vamos! –exclamó Vaseñka.
Levin no tuvo más remedio que acceder y ambos se separaron de Oblonsky.
Apenas entraron en las marismas, los dos perros comenzaron a correr y buscar ahà donde los matorrales eran más espesos. Por el modo de husmear de «Laska» , lenta a indecisa, Levin comprendió que no tardarÃan en ver levantarse una bandada de aves.
–Veselovsky: vaya a mi lado ––dijo en voz baja, al compañero que chapoteaba detrás, y cuya dirección del arma, después del disparo involuntario en el pantano de Kolpensoe, era natural que interesara a Levin.