Ana Karenina

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–No tema que dispare sobre usted…

Pero Levin lo pensaba así sin poder evitarlo, y recordaba las palabras de Kitty al despedirse:

–No vayáis a mataros uno a otro sin querer…

Los perros se acercaban cada vez más, muy apartados entre sí y cada uno en una dirección.

La espera era tan intensa que Levin confundió con el graznar de un ave el chapoteo de su propio tacón al sacarlo del barro, y apretó el cañón del arma.

«¡Cua, cua!», sintió encima de su cabeza.

Vaseñka disparó contra un grupo de patos silvestres que revoloteaban sobre las marismas y que se acercaron de repente a los cazadores.

Apenas Levin tuvo tiempo de volver la cabeza cuando se levantó una chocha, luego otra, después una tercera y, en fin, hasta ocho piezas que se elevaron sucesivamente.

Oblonsky mató una al vuelo, cuando el animal iba a describir su zigzag, y el ave cayó como un bulto informe en el barrizal.

Sin precipitarse, Esteban Arkadievich apuntó a otra que volaba bajo hacia el islote. Sonó el tiro y el ave cayó. Se la veía saltar entre la hierba segada, agitando el ala, blanca por debajo, que no había sido alcanzada por el disparo.


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