Ana Karenina
Ana Karenina
Ana miraba el rostro de Dolly, delgado, con huellas de cansancio y polvo del camino en las arrugas. Iba a decir lo que estaba pensando (que Dolly habÃa adelgazado mucho), pero recordó que ella estaba mucho más guapa que antes (la misma mirada admirativa de su cuñada se lo habÃa advertido), suspiró, y en vez de ello, se puso a hablar de sà misma.
–Me miras –dijo– y piensas si puedo ser feliz en mi situación. Pues bien: da vergüenza confesarlo, pero, sÃ, soy feliz, imperdonablemente feliz. Me ha sucedido una cosa maravillosa; algo asà como despertar de un sueño espantoso y darme cuenta de que todo aquello que me aterraba era cosa de un sueño. Yo he despertado de mi pesadilla. Pasé por momentos dolorosos, aterradores, pero ahora, sobre todo, desde que estamos aquÃ, ¡soy tan feliz!
Y, sonriendo tÃmidamente, dirigió sus ojos al rostro de Daria Alejandrovna, con mirada interrogadora.
–Estoy muy contenta –contestó Dolly, sonriendo, aunque con poco entusiasmo–. Estoy muy contenta, sÃ, por ti. ¿Por qué no me has escrito?
–¿Por qué? Porque no me atrevÃa a hacerlo. Te olvidas de mi situación.
–¿Conmigo no te atreviste? Si hubieses sabido como yo… Considero que…