Ana Karenina

Ana Karenina

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Daria Alejandrovna quiso contarle sus pensamientos de aquella mañana, pero sin saber por qué, en aquel momento le parecieron fuera de lugar.

–Bueno, de esto ya hablaremos luego –eludió–. ¿Y qué son estas construcciones? –preguntó en seguida para cambiar de conversación y señalando a los techos, rojos y verdes, que se veían entre las acacias y las lilas–. Parece una pequeña ciudad.

Pero Ana no le contestó.

–No, no, dime cómo consideras mi situación. ¿Qué piensas de ello?

–Pienso que… –empezó a decir Dolly.

En este momento, Vaseñka Veselovsky, enseñando al caballo a galopar con las patas extendidas, pasó ante ellas.

–Va bien, Ana Arkadievna –gritó.

Ana ni lo miró siquiera, para volver a la conversación interrumpida.

Pero Daria Alejandrovna pensó de nuevo que era poco conveniente una larga conversación sobre aquello en el coche y expresó su pensamiento en pocas palabras.

–No considero nada –dijo–. Siempre te he querido, y cuando se ama a una persona se la ama tal como es, aunque no sea como uno quisiera que fuese.


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