Ana Karenina
Ana Karenina –No le conozco bien. Cierto que su situación es difÃcil en este caso… Por eso casi todos prefieren dirigirse a las… AllÃ, si fracasas, sólo significa que no tienes dinero. ¡En cambio, en estos otros casos, se pone en juego la propia dignidad! Mira: ya viene el tren.
En efecto, el convoy llegaba silbando. El andén retembló; pasó la locomotora soltando nubes de humo que quedaban muy bajas por efecto del frÃo, y moviendo lentamente el émbolo de la rueda central. El maquinista, cubierto de escarcha, arropadÃsimo, saludaba a un lado y a otro. Pasó el ténder, más despacio aún; pasó el furgón, en el cual iba un perro ladrando, y al fin llegaron los coches de viajeros.
El conductor se puso un silbato en los labios y saltó del tren. Luego comenzaron a apearse los pasajeros: un oficial de la guardia, muy estirado, que miraba con altanerÃa en torno suyo; un joven comerciante, muy ágil, que llevaba un saco de viaje y sonreÃa alegremente; un aldeano con un fardo al hombro…
Vronsky, al lado de su amigo, contemplando a los viajeros que salÃan, se olvidó de su madre por completo. Lo que acaba de saber de Kitty le emocionó y alegró. Se irguió sin darse cuenta; sus ojos brillaban. Se sentÃa victorioso.
–La princesa Vronskaya va en aquel departamento ––dijo el conductor, acercándose a él.