Ana Karenina

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Kliustov no quería ir a pedir a Snetkov que se presentara a la elección, y Sviajsky trataba de convencerle, explicándole la conveniencia de hacerlo. Sergio Ivanovich, por su parte, dio su aprobación a aquel plan.

Levin no comprendía para qué querían pedir al partido enemigo que presentase a la elección a aquel a quien querían derrotar.

Esteban Arkadievich, que acababa de tomar un bocadillo y beber, secando su boca con un pañuelo perfumado, de batista con rayas en el borde, y que vestía uniforme de gentilhombre, se acercó a ellos.

–Estamos en nuestro puesto, Sergio Ivanovich –dijo, alisándose las patinas.

Y, escuchando lo que hablaban, apoyó la opinión de Sviajsky.

–Basta tener una comarca: la de Sviajsky, que pertenece abiertamente a la oposición –dijo, en palabras bien comprensibles para todos menos para Levin.

–¿Qué, Kostia? Parece que vas tomando gusto a estas cosas –añadió Sergio Ivanovich, dirigiéndose a Levin y tomándole el brazo.


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