Ana Karenina

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Levin, apoyado en la balaustrada, estaba mirando y escuchando.

Primero, la ceremonia le sorprendió y quiso comprender lo que significaba; luego, convencido de que no podría entenderlo nunca se sintió aburrido. Y, al recordar la emoción a irritación que veía en todos los rostros, se entristeció, decidió marcharse y salió de la tribuna.

Al pasar por la puerta, vio a un colegial de aspecto abatido, con los ojos hinchados por el llanto, que paseaba arriba y abajo. En la escalera encontró a una señora que corría, calzada con zapatitos de altos tacones y seguida del ayudante del Procurador de los Tribunales.

–¡Ya la dije que no llegara usted tarde! –exclamaba el jurista mientras Levin daba paso a la señora.

Levin estaba ya en la escalera de la salida principal y sacaba el número del guardarropa cuando le alcanzó el Secretario y le instó:

–Constantino Dmitrievich, haga el favor de venir. Ya están votando.

Se votaba al mismo Neviedovsky, que tan categóricamente habíarehusado.


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