Ana Karenina
Ana Karenina De lo ocurrido en este encuentro, Kitty no pudo reprocharse a sí misma sino que, cuando reconoció los rasgos tan familiares de Vronsky en su traje de paisano, se le cortó la respiración, le afluyó al corazón toda la sangre y sintió el rostro encendido de rubor. Pero esto duró sólo algunos segundos. Todavía su padre, que intencionadamente se había puesto a hablar con Vronsky en voz alta, no había terminado de saludarle, cuando Kitty estaba ya completamente repuesta de su emoción y dispuesta a mirar a Vronsky y hasta a hablarle, si era preciso, del mismo modo que hablaría con la princesa María Borisovna, a hacerlo de forma –y esto era lo principal– que todo, hasta la entonación y la más leve sonrisa pudieran ser aprobadas por su marido, la presencia invisible del cual parecíale presentir en todos los momentos de aquella escena.
Cruzó, pues, algunas palabras con su antiguo amado y sonrió tranquila cuando bromeó sobre la asamblea de Kachin, llamándola «nuestro Parlamento» (era preciso sonreír para mostrar que había comprendido la broma). En seguida volvióse hacia María Borisovna y no miró ya a Vronsky ni una vez más hasta que él se levantó para despedirse, porque no hacerlo entonces habría sido evidentemente una falta de consideración.