Ana Karenina
Ana Karenina –SÃ, es necesaria. El Conde estuvo en nuestra casa. ¿Y qué trabajo te cuesta? Vas allÃ, te sientas, hablas cinco minutos del tiempo, te levantas y te vas.
–¿Quieres creer que he perdido tanto esas costumbres que hasta dudo de saber comportarme debidamente? FÃjate: va a verles un hombre casi desconocido, se sienta, se queda allà sin tener ninguna necesidad. Estorba a aquella gente, se molesta él mismo y luego se marcha…
Kitty rió de buena gana.
–Pero, ¿cuando estabas soltero no hacÃas esas visitas? –lo dijo sonriendo aún.
–Las hacÃa, pero siempre experimentaba vergüenza; y ahora estoy tan desacostumbrado, que te juro que preferirÃa quedarme dos dÃas sin comer y no hacer esta visita. ¡Siento tanta vergüenza! Me parece incluso que se van a enfadar y que dirán: «¿Y para qué vendrá este hombre sin tener necesidad de vernos?».
–No, no se enfadarán. De esto yo te respondo –dijo Kitty, mirando al rostro a su marido y sonriéndole, burlona y cariñosa.
Luego le tomó una mano y le dijo:
–Adiós. Te pido que hagas esa visita.
Ya iba a marcharse, tras haber besado la mano a su mujer, cuando ella le paró.