Ana Karenina
Ana Karenina –Kostia. ¿Sabes que sólo me quedan cincuenta rublos?
–Bien. Pasaré por el banco. ¿Cuánto quieres? –contestó Levin con la expresión de desagrado que Kitty conocÃa ya en él.
–No, espera –dijo ella reteniéndole por la mano–. Hablemos. Esto me inquieta. Creo que no pago nada que no deba pagar, pero el dinero desaparece con tanta rapidez que a veces pienso que gastamos más de lo que podemos.
–Nada de eso –contestó Levin, aunque mirándola ceñudo y tosiendo ligeramente.
Kitty conocÃa también aquel modo de toser. Aquel gesto y aquella tosecilla eran señal de descontento, si no de ella, de sà mismo.
En efecto, Levin estaba descontento no de que hubieran gastado mucho dinero, sino de que Kitty le hubiese recordado que –como él sabÃa bien, pero procuraba olvidarlo– sus cosas no marchaban como él querÃa.
–He ordenado a Sokolov –dijo a su esposa– vender el trigo y cobrar adelantado el arriendo del molino. No te preocupes; de todos modos, tendremos dinero.
–Temo que gastamos demasiado…
–No… Nada… Nada, querida… Adiós querida –repitió Levin.