Ana Karenina
Ana Karenina –Te aseguro que a veces siento que hayamos dejado el pueblo. Me arrepiento de haber escuchado a mamá. ¡Estábamos tan bien allÃ! En cambio aquà molesto a todos, y, por otra parte, gastamos tanto dinero…
–No, no… En manera alguna… Desde que estoy casado no he dicho ni una sola vez que me haya arrepentido de nada.
–¿Y es verdad que piensas as� –preguntó ella mirándole a los ojos.
Levin lo habÃa dicho sin pensarlo, sólo para tranquilizarla; pero cuando vio que los ojos, claros, puros, de ella le miraban interrogativamente, lo repitió con toda su alma. Recordó luego lo que esperaban para pronto y se dijo entre sÃ: «La olvido demasiado».
Y tomándola por las manos, le preguntó cariñosamente y con cierta ansiedad:
–¿Y cuándo … ? ¿Cómo te sientes?
–He contado tantas veces y me he equivocado, que ahora ya no sé ni pienso nada.
–¿Y no temes … ?
Kitty sonrió con despreocupación.
–Nada.
–En todo caso, estaré en la casa de Katavasov.