Ana Karenina
Ana Karenina
–Por favor, haz una visita, aunque sólo sea de paso, a los Bolh –dijo Kitty a su marido cuando éste, a las once de la mañana, entró en su habitación para despedirse al salir de casa–. Sé que comes en el CÃrculo, que papá lo ha inscrito de nuevo. ¿Y por la mañana qué vas a hacer?
–Sólo voy a ver a Katavasov –contestó Levin.
–¿Y por qué sales tan temprano?
–Katavasov me prometió presentarme a Metrov. Quiero hablarle de mi obra. Es un sabio muy conocido en San Petersburgo –explicó Levin.
–¡Ah! ¿Es el autor del artÃculo que has alabado tanto? –inquirió Kitty.
–Además, quizá vaya al Juzgado por el asunto de mi hermana.
–¿Y el concierto? –preguntó Kitty.
–¿Qué voy a hacer solo en el concierto?
–TendrÃas que ir. Es una fiesta magnÃfica, toda a base de piezas modernas que tanto te interesan… Yo en tu lugar no dejarÃa de ir…
–En todo caso, antes de comer vendré aquÃ.
–Ponte la levita. Asà podrás ir directamente a casa de la condesa de Bolh.
–¿Y es necesaria esa visita?