Ana Karenina

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Los ojos, que le miraban tan francamente, dijeron a Levin que Kitty estaba contenta de sí misma; y a pesar de que allí, ahora, se ruborizaba, él se sintió tranquilo y empezó a dirigirle preguntas, que era precisamente lo que ella quería.

Cuando lo supo todo, hasta aquel detalle de que, en el primer momento, Kitty no había podido dominar su emoción, pero que luego se había sentido tan tranquila como si se encontrara ante cualquier hombre, Levin se calmó totalmente, y dijo que a partir de entonces no se conduciría ya con Vronsky tan estúpidamente como lo había hecho en su primer encuentro en las elecciones, sino que, incluso, pensaba buscarle y mostrarse con él lo más amable posible.

–¡Es un sentimiento penoso el de huir, el de encontrarse con un hombre y tener que considerarle casi un enemigo! –dijo Levin–. Me siento dichoso, muy dichoso.

 




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