Ana Karenina
Ana Karenina Levin vio en la portería los chanclos y abrigos de los miembros del Círculo, que, ¡al fin!, habían comprendido que cuesta menos trabajo despojarse de aquellas prendas y dejarlas abajo, en el guardarropa, que subir con ellas al piso de arriba. En seguida oyó el campanillazo misterioso que sonaba siempre al subir la escalera, de pendiente moderada y cubierta con una rica alfombra. Vio en el rellano la estatua, que recordaba bien, y en la puerta de arriba al tan conocido y ya envejecido tercer portero, con la librea del Círculo, el cual abría siempre la puerta sin precipitarse pero sin tardanza, examinando detenidamente al que llegaba. Y Levin sintió de nuevo la sensación de descanso, de tranquilidad, de bienestar que experimentaba siempre hacía años al entrar en el Círculo.
–Haga el favor de dejarme el sombrero –le dijo el portero, viendo que había olvidado esta costumbre del Círculo de dejar los sombreros en la portería–. Hace tiempo que el señor no ha venido por aquí… El Príncipe le inscribió ayer. El príncipe Esteban Arkadievich no ha llegado todavía.
El portero conocía, no sólo a Levin, sino, también, a todos sus parientes y amigos, y en seguida le fue nombrando, de entre ellos, a todos los que en aquel momento se encontraban allí.