Ana Karenina

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Después de haber pasado por la primera sala, en la que se veían grandes biombos, y por la habitación de la derecha, donde estaba sentado el vendedor de frutas, y adelantando a un viejo que iba despacio, entró en el comedor, lleno de animación y de ruido.

Levin pasó por delante de las mesas, casi todas ya ocupadas, mirando a los concurrentes. Aquí y allá veía las gentes más diversas, jóvenes y viejos, unos íntimos, otros conocidos. No había ni un rostro enfadado ni preocupado. Parecía que todos habían dejado en la portería sus disgustos y preocupaciones y se habían juntado allí para gozar, sin cuidados, de los bienes materiales de la vida. Allí estaban Sviajsky, y Scherbazky, y Neviedovsky, y el viejo príncipe, y Vronsky, y Sergio Ivanovich.

–¡Ah! ¿Por qué has tardado tanto? –le preguntó el viejo Principe dándole una palmadita cariñosa en el hombro–. ¿Cómo está Kitty? –añadió, arreglando la servilleta y colocándosela en el ojal del chaleco.

–Está bien. Las tres comen en casa.

–¡Ah! « Alinas–Nadinas… » Aquí ya no tenemos sitio para ti… Ve allí, a aquella mesa, y ocupa en seguida el puesto que hay vacante –dijo el viejo Príncipe volviendo la cabeza. Y, con gran cuidado, tomó de manos del lacayo el plato de sopa de lota .


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