Ana Karenina

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–Levin, ven aquí –le llamó, de algo lejos, una voz alegre.

Era Turovzin.

Estaba sentado junto a un joven militar desconocido para Levin, y a su lado había dos sillas reservadas inclinadas contra la mesa.

Después de las fatigosas conversaciones de aquel día, la vista de aquel amable libertino, por quien había sentido siempre simpatía y que le recordaba el día de su declaración a Kitty, a la que había estado presente, fue para Levin un motivo de particular alegría.

–Son las sillas para usted y Oblonsky, que vendrá ahora mismo –le dijo su antiguo amigo.

El militar, que permanecía sonriente, de pie, era el petersburgués Gagin.

Turovzin les presentó.

–Oblonsky siempre llega tarde –dijo luego–. ¡Ah! Allí viene.

–¿Has llegado ahora? –preguntó Oblonsky acercándose a ellos y dirigiéndose a Levin. ¡Buenas! ¿Has bebido ya vodka? ¿No? Pues vamos…


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