Ana Karenina
Ana Karenina Le hablaba de los cinco, recordando no sólo sus nombres, sino su edad, sus caracteres y hasta las enfermedades que habÃan sufrido. Dolly no podÃa dejar de sentirse conmovida.
–Bien; vayamos a verles –dijo–. Pero Vasia está durmiendo; es una lástima.
Después de ver a los pequeños se sentaron, ya solas, en el salón, ante una taza de café. Ana cogió la bandeja y luego la separó.
–Dolly –empezó–, mi hermano me ha hablado ya.
Dolly, que esperaba oÃr frases de falsa compasión, miró a Ana con frialdad. Pero Ana no dijo nada en aquel sentido.
–¡Querida Dolly! –exclamó–. No quiero defenderle ni consolarte. Es imposible. Sólo deseo decir que te compadezco con toda mi alma.
Y tras sus largas pestañas brillaron las lágrimas. Se sentó más cerca de su cuñada y le tomó la mano entre las suyas, pequeñas y enérgicas. Dolly no se apartó, pero continuó con su actitud severa. Sólo dijo:
–Es inútil tratar de consolarme. Después de lo pasado, todo está perdido; nada se puede hacer.
Mientras hablaba asÃ, la expresión de su rostro se suavizó. Ana besó la seca y flaca mano de Dolly y repuso: