Ana Karenina
Ana Karenina –¿Cómo? ¿Ya estás aqu� –dijo, besando y abrazando a su cuñada.
–Me alegro mucho de verte, Dolly.
–Y yo de verte a ti –repuso Dolly, con débil sonrisa, tratando de averiguar por el rostro de la Karenina si estaba o no informada de todo.
«Seguramente lo sabe» , pensó, viendo la expresión compasiva del semblante de su cuñada.
–Vamos, vamos; te acompañaré a tu cuarto –continuó, procurando retrasar el momento de las explicaciones.
–¿Es Gricha éste? ¡Dios mÃo, cómo ha crecido! –exclamó Ana, besando al niño, sin dejar de mirar a Dolly y ruborizándose. Y añadió–: PermÃteme quedarme un rato aquÃ.
Se quitó la manteleta; luego el sombrero. Un mechón de sus negros y rizados cabellos quedó prendido en él y Ana los desprendió con un movimiento de cabeza.
–¡Estás rebosante de dicha y de salud! –dijo Dolly, casi con envidia.
–¿Yo? SÃ… ¡Dios mÃo, ésa es Tania! Tiene la edad de mi Sergio, ¿no? –exclamó Ana, dirigiéndose a la niña, que entraba corriendo. Y, tomándola en brazos, la besó también–. ¡Qué niña tan linda! ¡Es un encanto! Anda, enséñame a todos los niños.