Ana Karenina
Ana Karenina –Bien, te lo contaré desde el principio –decidió Dolly–. Ya sabes cómo me casé: con una educación que me hizo llegar al altar, no sólo inocente, sino también estúpida. No sabÃa nada. Dicen, ya lo sé, que los hombres suelen contar a las mujeres la vida que han llevado antes de casarse, pero Stiva… –y se interrumpió, rectificando–, pero Esteban Arkadievich no me contó nada. Aunque no me creas, yo imaginaba ser la única mujer que él habÃa conocido… Asà vivà ocho años. No sólo no sospechaba que pudiera serme infiel, sino que lo consideraba imposible. Y, figúrate que en esta fe mÃa, me entero de pronto de este horror, de esta villanÃa.. Compréndeme… ¡Estar completamente segura de la propia felicidad, para de repente… –continuaba Dolly, reprimiendo los sollozos–, para de repente recibir una carta de él dirigida a su amante, a la institutriz de mis niños! ¡Oh, no; es demasiado horrible!
Sacó el pañuelo, ocultó el rostro en él y prosiguió, tras un breve silencio:
–Aun serÃa justificable un arrebato de pasión. Pero engañarme arteramente, continuar siendo esposo mÃo y amante de ella. ¡Oh, tú no puedes comprenderlo!
–Lo comprendo, querida Dolly, lo comprendo… –dijo Ana, apretándole la mano.