Ana Karenina
Ana Karenina –¿Y crees que él se hace cargo de todo el horror de mi situación? –siguió Dolly–. ¡Nada de eso! Él vive contento y feliz.
–Eso no –la interrumpió Ana vivamente–. Es digno también de compasión; el arrepentimiento le tiene abatido.
–Pero ¿crees que es capaz siquiera de arrepentimiento? –interrumpió Dolly, mirando fijamente a su cuñada.
–SÃ. Le conozco bien y no pude menos de sentir piedad al verle. Las dos le conocemos. El es bueno, pero orgulloso. ¡Y ahora se siente tan humillado! Lo que más me conmueve de él (Ana sabÃa que aquello habÃa de impresionar a Dolly más que nada) es que hay dos cosas que le atormentan: primero, la vergüenza que siente ante sus hijos, y después que, amándote como te ama… SÃ, sÃ, te ama más que a nada en el mundo –dijo Ana precipitadamente, impidiendo que Dolly replicase–. Pues bien, que amándote como te ama, te haya causado tanto daño. «¡No, Dolly no me perdonará», me decÃa.
Dolly, pensativa, no miraba ya a su cuñada y sólo escuchaba sus palabras.