Ana Karenina
Ana Karenina –Está ahora más delgado y ha crecido mucho. Ha dejado de ser un niño y es un mocetón. Asà me gusta –dijo Esteban Arkadievich–. ¿Me recuerdas? –preguntó al niño.
Sergio miró a su padre rápidamente, como consultándole lo que debÃa hacer.
–Le recuerdo, mon oncle –contestó mirándole. Y de nuevo bajó la vista.
Esteban Arkadievich atrajó hacia sà al niño y le cogió la mano.
–¿Qué, cómo van las cosas? –le dijo con acento cariñoso, pero cohibido, sin saber bien lo que decÃa, aunque deseando hablar con él y que le hablase.
Ruborizándose y sin contestar, el niño tiró suavemente de la mano que le habÃa cogido su tÃo y, apenas logró soltarse, se separó de él, miró interrogativamente a su padre, pidiéndole permiso para retirarse y, al contestarle con un gesto afirmativo, salió de la habitación apresuradamente, como un pájaro al que dejasen en libertad.