Ana Karenina

Ana Karenina

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Capítulo 20

 

Como siempre que iba a la capital, Esteban Arkadievich no pasaba su tiempo inútilmente en San Petersburgo.

Además de hacer las gestiones que allí le llevaban –ahora el divorcio de Ana, su colocación– se dedicaba a lo que él llamaba « refrescarse».

Moscú, a pesar de sus cafés chantants y demás diversiones, y de los ómnibus, siempre le había parecido a Oblonsky monótono y triste como un agua muerta, sobre todo cuando estaba con él su familia, y la vida de allí había llegado a veces a pesarle en el espíritu como una losa de plomo de la que necesitaba «refrescarse» .

Viviendo mucho tiempo en Moscú, sin ausentarse, Oblonsky llegaba a sentirse inquieto de su mal humor, de su mujer con sus continuos reproches, de su salud y de la educación de sus hijos, de los pequeños intereses, de sus servicios, y hasta de las deudas, pues hasta las deudas llegaban a intranquilizarle.

Pero le bastaba llegar a San Petersburgo y vivir el ambiente de aquella ciudad « donde la gente vivía, no vegetaba simplemente» (otra frase de Oblonsky), para que todo su malestar se fundiese en el nuevo ambiente como la cera al fuego.


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