Ana Karenina

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Bajo una de las lámparas, sentados cerca de una mesa redonda, estaban la Condesa y Alexey Alejandrovich, hablando algo en voz baja. Un hombre más bien bajo, seco y con las piernas torcidas, con formas de mujer y el rostro muy pálido pero hermoso, ojos grandes y brillantes y cabellos largos, que le caían sobre el cuello de la levita, estaba en un rincón de la habitación, al otro extremo, mirando la pared cubierta de retratos.

Habiendo saludado a la dueña de la casa y a Alexey Alejandrovich, Esteban Arkadievich miró involuntariamente una vez más a aquel hombre desconocido para él y cuyo aspecto le parecía extraordinario.

–Monsieur Landau –dijo la Condesa, dirigiéndose a aquel hombre, con una suavidad y una precaución que sorprendieron a Oblonsky.

Landau se acercó al grupo y la Condesa les presentó.

El francés estrechó la mano que le alargaba Oblonsky con su mano derecha, rápida y sudorosa, y en seguida se alejó y se puso a mirar de nuevo los retratos.

–Me complace mucho verle, y especialmente en el día de hoy ––dijo la Condesa a Esteban Arkadievich, indicándole un asiento al lado de Karenin.


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