Ana Karenina
Ana Karenina –Quiero decir que… claro… asÃ… en general… no conozco, no puedo comprender esta transformación. Éramos amigos de siempre, de toda la vida y ahora… –dijo Esteban Arkadievich, correspondiendo con otra mirada suave a la de la Condesa y mientras meditaba en cuál de los dos ministerios tendrÃa más influencia para pedirle la recomendación con más probabilidades de eficacia.
–La transformación sufrida no puede mitigar en él el sentimiento de amor al prójimo. Al contrario: lo hace más elevado, lo purifica. Pero… temo que usted no me comprenda. ¿Quiere tomar té? –dijo la Condesa, indicando con la mirada al criado que traÃa el té en una bandeja.
–SÃ, francamente, no lo comprendo del todo, Condesa… Claro… su desgracia…
–SÃ… su desgracia… Su desgracia, que le ha dado una mayor felicidad, ya que su corazón se ha renovado y se ha llenado de Él, al que nunca habÃa comprendido ni amado –dijo la Condesa poniendo los ojos en Alexey Alejandrovich con mirada acariciadora.
«Creo que podré pedirle que diga algo en los dos ministerios», pensó mientras tanto Oblonsky. A continuación contestó:
–¡Oh! Seguramente. Pero, a mi parecer, estas transformaciones son tan Ãntimas que nadie, ni aun las personas más allegadas, osan hablar de ellas.