Ana Karenina

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–Al contrario –replicó Lidia Ivanovna; hemos de hablar de ellas, y ayudamos los unos a los otros.

–Indudablemente –aprobó Oblonsky con sonrisa aduladora; pero –añadió– hay diferencias en el modo de apreciar las cosas… Y además…

–En lo que se refiere a la verdad sagrada, no puede haber diferencias –dijo con energía y severidad la Condesa.

–¡Oh, sí!… Claro… Pero… –y Oblonsky, confuso, quedó callado.

Comprendía que se trataba de religión, pero no se consideraba preparado para tratar de este tema y temía herir los sentimientos de la Condesa, a la que no renunciaba a utilizar para sus fines referentes al asunto de su empleo.

–Me parece que ahora se dormirá –murmuró Alexey Alejandrovich, acercándose a Lidia Ivanovna.

Esteban Arkadievich volvió la cabeza hacia donde estaba Landau y vio a éste sentado cerca de la ventana, apoyados sus codos en los brazos del sillón y con la cabeza inclinada sobre el pecho.

Al observar que todas las miradas se dirigían a él, el francés levantó la cabeza y sonrió, con sonrisa ingenua y pueril.


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