Ana Karenina

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–No le presten atención –recomendó Lidia Ivanovna. Y, con mucho cuidado, suavemente, acercó una silla para Alexey Alejandrovich–. He observado… –dijo luego, volviendo a la conversación interrumpida. Pero en aquel momentó entró un criado con una carta, que entregó a la Condesa, con lo cual la conversación quedó cortada de nuevo.

Lidia Ivanovna la leyó rápidamente y tras pedir perdón a Esteban Arkadievich y Alexey Alejandrovich, escribió con extraordinaria rapidez unas líneas de contestación, la entregó a un criado, volvió a su puesto cerca de la mesa y continuó la conversación que tenían empezada.

–He observado –dijo– que los habitantes de Moscú, sobre todo los hombres, son la gente más indiferente en materia de religión.

–¡Oh, no, Condesa! Me parece que los moscovitas tienen fama de ser muy fumes –se defendió Esteban Arkadievich.

–Sí, pero por lo que puedo comprender, usted, por desgracia, pertenece a los indiferentes –dijo Karenin con sonrisa fatigada.

–¿Cómo es posible ser indiferentes? –repuso en tono de recriminación Lidia Ivanovna.


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