Ana Karenina

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–En ese aspecto –añadió Esteban Arkadievich, con su sonrisa más dulce– no soy indiferente, sino que he adoptado una actitud de espera. Pienso que para mí no ha llegado aún el momento.

–Alexey Alejandrovich y Lidia Ivanovna cambiaron miradas expresivas.

–No podemos saber nunca en estas cuestiones si ha llegado o no el momento para nosotros –dijo Alexey Alejandrovich muy serio–. No debemos pensar si estamos preparados o no: la gracia divina no se rige por consideraciones humanas. A veces no desciende sobre los que laboran ya y, en cambio, se fija en los no iniciados, como sobre Saúl.

–No. Parece que no se duerme aún –dijo Lidia Ivanovna, que seguía con la vista los movimientos del francés. Éste, en aquel momento, se levantó y se acercó a ellos.

–¿Me permiten escucharles? –preguntó.

. –¡Oh, sí! No habíamos querido incomodarle –contestó Lidia Ivanovna, mirándole con dulzura–––. Siéntese usted con nosotros.

–No hay que cerrar los ojos para no perder la luz –sentenció Alexey Alejandrovich.

–¡Ah! ¡Si supiese usted, tan sólo, qué felicidad experimentamos sintiendo su continua presencia en nuestra alma! –dijo la condesa Lidia Ivanovna sonriendo beatíficamente.


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