Ana Karenina
Ana Karenina –Pero el hombre puede sentirse incapaz de remontarse a esa altura –contestó Esteban Arkadievich, a sabiendas de que mentÃa, pero no atreviéndose a exponer su modo de pensar –tan libre– delante de una persona que sentÃa y opinaba lo contrario y que con una sola palabra en su favor podÃa procurarle el puesto anhelado.
–¿Es que quiere usted decir que el pecado no nos lo permite? –le interrogó Lidia lvanovna–. Seria una opinión falsa. Para los que creen que no hay pecado: sus pecados les son perdonados. Pardon –volvió a suplicar al entrar el criado con otra carta. La leyó y contestó verbalmente diciendo: «Mañana, en casa de la Gran Duquesa, dÃgaselo asû. Luego continuó la conversación–: Para el que cree, el pecado no existe.
–Pero la fe sin obras es fe muerta –objetó Esteban Arkadievich, recordando este texto del catecismo y defendiendo ya su independencia, si bien con fina sonrisa aduladora para la Condesa.
–He aquà el famoso pasaje de la epÃstola de Santiago –dijo Alexey Alejandrovich.
Y, añadió, dirigiéndose a Lidia Ivanovna con tono de reproche, al parecer por haber vuelto sobre aquel aspecto de la cuestión cuando ya lo habÃan tratado ellos más de una vez: