Ana Karenina

Ana Karenina

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Vronsky se acercó a ella y, tomándole con suavidad una mano, le dijo en voz baja y dulcemente:

–Ana, vámonos pasado mañana si quieres. Estoy conforme con todo.

Ella siguió callada.

–¿Qué dices a esto, Ana? –preguntó él.

–Ya lo sabes –contestó ella rápida y enérgicamente, y sin fuerzas luego para contener su emoción se puso a llorar.

–Déjame, déjame –decía entre sollozos–. Me marcho mañana… Haré más… ¿Quién soy yo? Una perdida… Una piedra colgada de tu cuello… No quiero hacerte sufrir, no quiero… Te dejaré libre… ¡No me quieres! ¡Amas a otra!

Vronsky le rogó que se tranquilizase; le aseguró que no tenía ningún motivo para estar celosa, que jamás había dejado de amarla y que la amaba más que nunca.

–Ana, ¿por qué te martirizas y me mortificas de este modo? –le decía besándole las manos con ternura. En su rostro había ahora suavidad, y Ana, en la voz de él y en sus ojos, creyó adivinar el llanto.

Y, pasando de golpe de los celos más insensatos a una ternura exaltada y llena de pasión, cubrió de arrebatados besos la cabeza, el cuello, las manos de su amado…

 


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