Ana Karenina
Ana Karenina
La reconciliación era completa. Ana, desde por la mañana, se puso a hacer los preparativos para la salida de Moscú. Aunque todavía no habían decidido si se marcharían el lunes o el martes, porque ambos se cedían el uno al otro la decisión, se ocupaba activamente en los preparativos de la partida.
Estaba en su habitación, ante el baúl abierto, metiendo en él las cosas que iba a llevar, cuando Vronsky habiéndose vestido antes de la hora acostumbrada, entró a verla.
–Ahora voy a ver a maman. Ella me mandará el dinero por medio de Egor. Y mañana podremos irnos.
A pesar de la buena disposición de ánimo en que se encontraba, Ana creyó advertir algo sospechoso en la forma en que Vronsky acababa de hablar de su viaje a la casa veraniega de su madre.
–No, mañana, no –contestó–. Ni yo misma tendría tiempo de arreglar mis cosas.
Y quedó pensativa.
«Esto quiere decir», pensaba, «que era posible arreglar los asuntos como decía yo y él porfió que no».
–Ve al comedor ––dijo a Vronsky–, que yo iré allí ahora mismo. Sólo dejaré fuera estas cosas que necesito– y entregó varias prendas a Anuchka, que ya tenía en sus brazos otras ropas.