Ana Karenina

Ana Karenina

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Vronsky estaba comiendo un filete cuando Ana entró en el comedor.

–No puedes imaginar cuánto me aburren estas habitaciones –dijo a Vronsky, sentándose a su lado para tomar su café–. No hay nada tan horrible como estas chambres garnies . No tienen expresión; les falta el alma. Este reloj, estas cortinas y, lo principal, estos papeles pintados de las paredes, todo esto ha sido una pesadilla para mí. Pienso en Vosdvijenskoe como en la tierra prometida. No mandes todavía allí los caballos.

–No, los enviarán cuando nos hayamos marchado de aquí. ¿Tú quieres ir a alguna parte?

–Quería ir a casa de Wilson. Tengo que llevarle mis trajes. Entonces, ¿decididamente nos marchamos mañana? –preguntó con voz alegre.

De pronto su rostro se tomó sombrío. El ayuda de cámara de Vronsky le trajo a éste para que lo firmara el recibo de un telegrama que acababa de llegar de San Petersburgo. No esperaba Vronsky nada de particular en aquel telegrama, pero, como deseando ocultar algo a Ana, dijo al criado que tenía que extender el recibo en el gabinete y se dirigió allí con precipitación.

Al volver, dijo a Ana:

–Mañana, sin falta, estará todo terminado.

–¿De quién es el telegrama? –preguntó Ana sin prestar atención a aquellas palabras.


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