Ana Karenina

Ana Karenina

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Muchos otros pensamientos con respecto a lo que podía ocurrir si rompía sus relaciones con Vronsky pasaban por su mente; pero Ana no se entregaba por completo a ellos. En su espíritu palpitaba una idea que, aunque imprecisa, era la que más le interesaba. Al recordar a Alexey Alejandrovich se acordó de las palabras que le había dicho en su enfermedad, después de haber dado a luz: «¿Por qué no habré muerto?». Y ahora el recuerdo de estas palabras despertó en su alma el sentimiento que habían despertado entonces. «¡Sí, morir!», se dijo. Y la idea llenó su espíritu de una manera fija, imperiosa, obsesionante.

«La vergüenza y la deshonra de Alexey Alejandrovich, y de Sergio, y mi terrible vergüenza, todo quedaría salvado con mi muerte. Y, al verme muerta, y por su causa, él se arrepentiría, me compadecería, me amaría y, no pudiendo ya remediarlo, se desesperaría y sufriría.» Una sonrisa de compasión por sí misma le dilató los labios y, mientras, sentada en una butaca, quitándose y poniéndose las sortijas de la mano izquierda, la vista fija ante ella, iba imaginando los sufrimientos de Vronsky ante su muerte.

Un rumor de pasos –los pasos de él– que se acercaban, la distrajeron de estos pensamientos.

Ana ni le miró, simulando que estaba ocupada en arreglarse sus sortijas.


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