Ana Karenina
Ana Karenina Ana sostuvo la mirada de él sin contestar. Recordó en aquel momento con todo detalle la escena de la reconciliación del dÃa antes y las caricias que él le habÃa prodigado y pensó: «¡Cuántas mujeres habrán conocido las mismas caricias! ¡Cuántas acaso las conocen aún!».
–Tú no amas a tu madre. Eso es una frase hueca, palabras y nada más –le dijo, mirándole con odio.
–¡Ah! ¿Lo crees as� Pues hay que…
–Hay que terminar y estoy decidida a ello –interrumpió ella. Y se dispuso a salir del comedor.
En aquel momento entró Jachvin.
Ana se detuvo y saludó al que llegaba.
«¿Por qué cuando se sentÃa con el alma combatida por una tempestad, cuando se disponÃa a dar un paso decisivo en su vida, a llevar a cabo una determinación que podÃa tener las más terribles consecuencias para ella, por qué en aquel preciso instante se veÃa obligada a fingir ante un extraño que, no obstante, tarde o temprano lo conocerÃa todo?» Estas preguntas pasaron rápidas por su mente; y en seguida, ahogando su Ãntimo dolor, se sentó y se puso a hablar tranquilamente con el que acababa de llegar.
–¿Qué, como va su asunto? ¿Ha cobrado usted su crédito?