Ana Karenina
Ana Karenina –Parece que va por buen camino, aunque creo que no podré recibirlo todo. No obstante, el miércoles he de marchar de aquÃ. Y ustedes, ¿cuándo se marchan? –preguntó a su vez Jachvin. Y, mirando a Vronsky, que tenÃa el ceño fruncido, adivinó que entre ellos se habÃa producido una disputa.
–Creo que nos iremos pasado mañana –dijo Vronsky.
–Pues me parece recordar que hace ya tiempo que querÃan ustedes marcharse –comentó Jachvin.
–Ahora ya está completamente decidido –dijo Ana, mirando a los ojos de Vronsky fijamente y de modo que comprendiera que no habÃa ni la más remota posibilidad de reconciliación entre ellos. Y tranquilamente siguió hablando con Jachvin.
–¿Es posible –le dijo– que usted no tenga compasión de ese pobre Peszov?
–Jamás me he preguntado en estos casos, Ana Arkadievna, si he de tener o no compasión. Todo lo que poseo lo tengo aquà –y Jachvin señalaba al bolsillo izquierdo de su chaleco–. Ahora soy un hombre rico, pero hoy iré al CÃrculo y quizá salga de allà convertido en un mendigo. Y considero que el que se pone a jugar en contra de mà quiere dejarme hasta sin camisa, como yo a él; y asà luchamos. Esto es lo que nos da emoción, lo que constituye la salsa del juego.